
La vida es un delicado equilibrio de fuerzas en pugna. Las relaciones humanas son finísimas hebras de cariño entrelazadas y atadas unas a otras.
En un instante todo puede cambiar. Algo se puede unir. Algo se puede cortar. Algo se puede cruzar. Algo se puede separar.
Cuando me pongo a pensar sobre que es lo que me tiene hoy acá parado sobre este suelo, llego a la conclusión de que todo es un gran acto improvisado.
Que nunca hubo pasado. Que nunca habrá futuro. Que siempre está el presente.
Que el destino es una parábola, reflejo del deseo. Cuando me interrogo sobre mi vida, la respuesta que me doy es siempre la misma: “Nunca imaginé todo esto” No reniego de lo que vivo. Solo les digo que no veo indicios del rumbo que tomará mi vida. Hay situaciones que parecen más estables que otras pero, de todas maneras, todo es posible. A veces me gusta “no saber”, otras veces no me gusta. Algunas veces imagino, deseo y pido lo que quiero. Otras veces prefiero no ilusionarme, no hacer castillos en el aire. Pero entiendo que es algo inevitable y hasta necesario para mantener vivo el fuego del deseo.
Un ejemplo de todo lo que dije es el siguiente: Hace 5 minutos no tenía idea que iba a escribir esto. Y, ahora, no tengo idea como terminarlo. …
No tengo nada asegurado.







